Pero antes de que me disperse volvamos al papel. Siempre pensé que el día que aprobara tiraría todos los libros a una hoguera creada para la ocasión y me sentiría satisfecho escuchando el crepitar de las hojas al contacto con el fuego. Pero pensándolo con serenidad ese arrebato tan instintivo acabaría en un arrepentimiento. Sería como quemar una parte de mí. Una parte invisible que se encuentra alojada en mi cerebro ocupada con temas. La memoria, de naturaleza etérea, necesita volver periódicamente al papel para reorganizarse en su propia volatilidad. El papel termina convirtiendose en el suelo en el que la memoría tiene que apoyar sus pies.
Tal vez por eso llegamos a una extraña relación casi fraternal con nuestros códigos y libros. Parecen quedar impresas en el papel las horas de esfuerzo de la misma forma que se arraiga en nuestro recuerdo. Cuando se nos desencuaderna un código, se le cae una página o se rompe la portada la primera idea no es la de comprar otro ¿verdad?. El primer impulso es arreglarlo como sea porque queremos ese código y no otro. Porque ese libro y no otro es el reflejo de nuestra memoria hecha papel. Y lo mismo ocurre si se reforman los artículos. Ante estos casos comienza la fase de remodelación. Cortas, pegas, sujetas con pinzas y en general tuneas el código de la forma que mejor te venga. Pero no lo desechas porque quizás tienes la sensación de que él nunca lo haría.
Quizá el día que aprobamos no sólo aprobamos nosotros mismos sino todo el entorno que nos rodea, animado o no. Y entre lo inanimado se encuentran nuestros papeles, libros y notas. Todo aquello que nos ha servido para llegar a la meta de alguna forma cruza la línea con nosotros. Y cuando ese momento ocurre y se alzan los brazos en señal de victoria seguro que te sorprendes al comprobar como llevas agarrado con las manos algún código que te dió el empujón final.
2 cañonazos:
Nunca quemaría mis libros o códigos (una nunca sabe qué le puede servir como consulta, je je), pero probablemente los dejaría criando polvo en una estantería cuando ya no los necesitara... No es un mal final. :)
Yo nunca quemaría mis apuntes, pero los porqueris caerán jajajaja
PS: pasaos por mi blog, tenéis un premio.
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