
En el infierno Sísifo fue obligado a empujar una piedra enorme cuesta arriba por una ladera empinada. Pero cuando llegaba a la cima de la colina la piedra siempre volvía a rodar hacia abajo, teniendo que volver a empezar nuevamente desde un principio. El pobre Sísifo fue condenado etérnamente a empujar esa piedra cuesta arriba, sólo para tener que ver cómo ante sus ojos la piedra siempre volvía a caer.
Y no alcanzan las crónicas a explicar las causas de tan irónico castigo. Poco importa eso ahora si estaba condenado de por vida a vivir en círculos de esfuerzo y fracaso a partes iguales. Quién sabe si nadie le obligó a estar ahí. Quién sabe qué hacer cuando se confunden juez y parte de una misma condena.
De vez en cuando Sísifo se rebelaba contra los dioses castigadores, daba una patada a la piedra y se sentaba en la cumbre de la colina a contemplar el paisaje de un mundo encendido con luces de neón que le ofrecía la posibilidad de escapar del yugo que le esclavizaba a la montaña. Extendía sus alas imaginarias y se dejaba llevar por el movimiento aleatorio azul del viento. Sólo quería volar y escapar lejos. No importaba dónde.
Y alguna vez bajaba al país de los libres para volver a parecer uno de ellos. Mojaba los pies en el agua de lo cotidiano y volvía a sentir eso que a ciertas alturas no dejaba de ser sorprendente. Y si alguna mortal le pedía que se mudara a vivir a la tierra él sólo deseaba que no se lo volviera a preguntar por si la próxima vez no sabía decir que no. Hacía mucho tiempo que se había prohibido hacer promesas.
Pero antes de que la carroza se convirtiera en calabaza emprendía viaje de vuelta a la colina preso de un caos de pensamientos contradictorios que sólo parecía tener atados cuando se alejaba del mundo. Regresaba así a su guarida de tierra y sudor ubicada entre ninguna parte y la esperanza convenciéndose de que debía abandonar una tierra que aún no le pertenecía mientras esquivaba de su mente fantasmas de idiotez y cobardía para sustituirlos por certezas de esperanza y corrección. Hacía mucho tiempo también que se había cansado de hacer lo correcto.
Al otro lado de la vida Sísifo volvía a empujar la piedra cuesta arriba inquietado por la posibilidad de encontrar alguna forma de librarse de la condena y descender para siempre a las faldas de la montaña. Y alguna noche sentado en la cumbre de la colina mientras contemplaba el universo iluminado se sorprendió a sí mismo al preguntarse si quizá el tiempo le había hecho acostumbrarse a la condena. Quizá subir la piedra era la única libertad real que le quedaba entre tanta frustración. Y aunque probablemente para cuándo se hizo la pregunta ya sabía la respuesta, rápidamente se obligaba a cambiar de parecer y a rebelarse contra su propia desilusión.
Había caído en la cuenta de que el espejismo de creer que es posible materializar sueños es lo único que nos impide abandonarnos al desaliento cuando sólo te queda una piedra y las ganas de desplegar las alas.