
Llegó el aprobado que raspé la convocatoria anterior después de haberme convencido de que no volvería a pasar otra vez por lo mismo si en este año no cambiaba mi suerte. Y, aunque esa reflexión era fruto de la desperación más que de una decisión meditada, opté por tomar esta convocatoria como la última. Y es por eso que me aparté del ruido del verano, me introduje en mi burbuja de cristal y colgué el letrero de cerrado por oposiciones para que si no aprobaba no quedara en mi conciencia el mínimo resquicio de arrepentimiento por haber dejado volar una oportunidad que hubiera sido mía de haberme esforzado más. Y así pasé el verano menos verano de mi vida. Entre libros, calor, nervios, cansancio, desgana y la angustia de no acordarme de todo lo estudiado.
Tenía sacado el billete del ave para el jueves a las 21:00 preveyendo que se acordarían de mí el viernes a primera hora de la mañana, cuando a eso de las 19:00 de la tarde se me aparece la virgen en forma de mensaje de contestador y me dice que me regalaba por obra y gracia divina un fin de semana para que lo aprovechara como mejor procediese. Igual lo paso estudiando, dije para mí. Así que creyéndome por primera vez afortunado en mucho tiempo me dirigí (eso sí, más feliz que Geppetto con una Black&Decker) a la estación del Ave para cambiar el billete al Domingo a la hora que fuera. 3 días más ¡toma!. Felicidad repentina que sería evidentemente inversamente proporcional al paso de las horas.
Y así es como me tocó pasar el fin de semana más estresante de mi vida, rescatando temas del principio de la vuelta y mirando compulsivamente los códigos cada vez que se colaba en la memoria el número de algún artículo que creía olvidado.
Al final, como todo llega, también llego el Domingo. Más pronto de lo esperado. Hecha la maleta, en la que no podía faltar el kit de primeros auxilios carperiles (formada por los esquemas de todos los temas, los Códigos y algún que otro tema que se resiste a la memoria) me encaminé a la estación. Es entonces cuando al montarme en el ave cai en la cuenta de que el tema 2 de penal que siempre me lo dejo para la mañana antes del examen por mi facilidad para mezclar fechas de constituciones con las de codigos penales, se ha quedado encima de la cama...”¡¡me cagon...!!”
Total, que me pasé todo el trayecto rezando a la virgen que antes se me apareció para que las bolas-fichas no tuviesen inscrito el número 2.
Ya en Madrid y habiendo pasado una noche despertándome cada 5 minutos y una mañana preguntándome por qué cojones me había metido yo en esto, me puse mi traje (que lo mismo sirve para salir en Nochevieja que para ir al Supremo) y cogí ruta destino Tribunal Supremo.
Una hora antes de la hora D ya estaba allí, dando vueltas por el parque sin saber si cortarme las venas allí mismo o esperar a que me suspendieran. Luego lo pensé mejor...”es una lástima ensuciar esta camisa tan cara de sangre”. A las 16:00 me levanté del banco del que me costó despegarme y me dirigi hacia la puerta de atrás. Esa en la que siempre pita el detector y te colocan la acreditación para que no se te olvide nunca lo que has venido a hacer al Tribunal de los tribunales. Los zapatos, que antes parecían impolutos y brillantes, ahora estaban llenos de esa arena amarillenta del parque contrastando mucho más con la limpieza y suntuosidad del tribunal.
Haciendo gala de mi limitada capacidad orientativa me volví a perder de nuevo por entre las escaleras, servicios y salas del tribunal hasta llegar al mío. Hasta que dí con mi tribunal.
Ahí estába. Primera planta. Tribunal 5. Sin rima.
Era el segundo del día, y sabía que tenía que esperar a que cantase todo el ejercicio la chica que me precedía porque es una maquina y encima saca unas notazas impresionantes. Y así fue como una hora y media después el bedel dijo mi nombre, volví a pisar el suelo crujiente de la sala, subí los dos escalones, me olvidé de dar las buenas tardes (posiblemente porque hasta ese momento podían tener cualquier calificativo menos el de buenas), mire fijamente las bolsitas aterciopeladas de las fichas y metí la mano en cada una de ellas a petición de la secretaria.
Bola 1: Tema 31. "Bueno no está mal. Tenía que haberme repasado los recursos".
Bola 2: Tema 16. "¡Toma!"
Bola 3: Tema 86. "Este ya me gusta menos..."
Bola 4: Tema 3. "Todos los años me toca y este no podía ser menos"
Bola 5: Tema 60. "A ver que me invento en el contrabando..."
Al final, un aprobado (y hasta con nota) y una sensación de satisfacción tan grande que borró de un plumazo toda la amargura de los días anteriores.
No sé si dentro de unos meses podré asegurar que soy juez o fiscal o si podré convertir en certezas todas mis incertidumbres pero este aprobado me ha permitido creer en mí, pensar que es posible conseguir lo que se quiere y arañar un trozo de felicidad.
Mañana todavía no existe. Hoy estoy contento y eso nadie me lo va a quitar.