Esta semana de otoño veraniego este monstruito llamado opositar cumple años. Se nos está haciendo mayor la criatura. Cinco años hace ya que empezó este camino hecho al andar como diría el poeta. Parece que fue ayer. Y aunque ésta sea una frase hecha no por eso tiene menos razón. Aún recuerdo la ropa que llevaba la primera vez que hable con mi preparador y la coca-cola que me tomé en el bar que hay justo bajo su casa. Entonces no sabía que ese bar, cinco años después, seguiría viéndome pasar por allí.Con más ganas que nadie se comienza a devorar carperis y apuntes mientras ves pasar el tiempo que a veces parece transcurrir no por tu vida sino por la de los demás, transformando todo tu alrededor, menos tu espacio. Y un día te levantas y descubres que llevas una etiqueta que pone veterano, cuando todavía no te sientes como tal. Esto es como hacerse mayor o descubrir que ya no eres un adolescente: lo saben los demás antes que tú mismo. Probablemente coincida con el momento en el que sirves como ejemplo de lo que se debe o de lo que no se debe hacer mientras opositas.
Si alguien me hubiera vaticinado en los albores de esta aventura que a un lustro de aquel día todavía seguiría luchando no me lo hubiera creído. Pequé de una necesaria prepotencia. Como lo hacen casi todos los novatos que piensan que el mundo se lo van a comer, a bocados, en un plazo no superior a dos años. Luego es el mundo quien te acaricia con zarpazos, deja en la memoria cicatrices de batallas perdidas y te coloca en la frente un letrero dónde reza la palabra “humildad”. Aún así considero que esa pócima mezcla de ilusión, fuerza y disculpable complejo de superioridad es imprescindible beberla si no quieres tirar la toalla a las primeras de cambio.
Intentando hacer balance de este tiempo podría guiarme por lo que me dice el diablo que cuelga a la derecha de mi hombro o por lo que me cuenta el ángel de la izquierda. Y así podría decir que uno se cansa de luchar contra el mundo, de nadar contracorriente, de pensar que un objetivo bien vale mil renuncias o de creer que esta vez el coyote sí alcanzará al correcaminos. Podría decirlo pero no lo voy a hacer. Y no lo voy a hacer porque después de aprobar el oral hace unos días no me creo con la suficiente autoridad moral como para lanzar un ensayo sobre las miserias de la oposición. Así que esta vez colocaré un cristal de color de rosa para ver la oposición de una forma medianamente benevolente. Porque no todo va a ser malo. Porque no todo lo es.
Sin ánimo tampoco de hacer apología de la oposición sí podría decir que este tiempo me ha permitido descubrir la diferencia entre amigos y conocidos, saber a quién le importas de verdad, o que en cuestión de relaciones personales casi siempre se cumple el dicho de que no es oro todo lo que reluce. Pero quizás los mayores logros se encuentran en uno mismo. Estoy seguro que tanta capacidad de sacrificio no puede caer en saco roto. Este sinsentido en que a veces se convierte el opositar, esta piedra de Sísifo que sólo cae para volverla a levantar, seguro que nos hace mejores personas. Más tolerantes, humildes y pacientes. Paciencia que a veces se revela infinita.
Ahora, después de descartar que a la tercera vaya la vencida y confirmar que no hay dos sin tres prefiero pensar que no hay quinto malo. Prefiero renovar la ilusión que acompañaron a los primeros pasos de la criatura y reciclar la esperanza que tantas veces creí perdida. Porque sé que se puede. Porque aunque caigan mis alas no me voy a rendir. Porque hoy es siempre todavía. Porque aún tengo fuerzas para aplazar la despedida.







