Dicen que es primavera. Es más, parece que hace tiempo que empezaron esos días de renovación transitorios entre el invierno y el verano. Un tiempo un tanto cruel para el opositor porque todo invita a dejarse llevar y a cambiar apuntes por rayos de sol. Y sin embargo, aquí estoy, intentando aguantar estóicamente, luchando contra los elementos, no dejándome vencer por los sentidos y evitando que la sangre se me altere demasiado. Buscando burbujas para aislarme que terminan explotando con la facilidad de una pompa de jabón.A diferencia de lo que haría cualquier otro mortal medianamente equilibrado, mi conciencia de opositor me obliga a someterme a la única ley por la que se supone que ahora debo regirme. Esa que me ata a una silla y a unos libros rojos. Y sólo a veces, como un permiso momentáneo que le dan a un preso de segundo grado, esa conciencia se descuida, me dejo llevar y desciendo al país de los cuerdos. Y es entonces cuando me sorprendo al comprobar que regreso más tocado de lo que estaba. Con más pajaritos cantores en la cabeza que nunca y con alguna que otra mariposa primaveral a punto de revolotear en el estomago.
Por eso hoy no quiero primavera. Por eso y por más razones hoy voy a destripar la cara oculta de la primavera:
No sé quien dijo que Mayo era el mes de las flores, yo diría que es el mes del pólen y las alergias. Me cago en las gramíneas y en todo lo que hace que durante varios meses tenga la nariz taponada o/y moqueante. No sé si será culpa del pólen, del resfriado, de la gripe o de cualquier otro virus primaveral pero últimamente los pañuelos se han convertido en una prolongación de mi mano.
Por no hablar del clima. Lo mismo hace un sol radiante que te persigue una nube hasta la misma puerta de tu casa cargada de truenos, rayos y agua para justo después aparecer un arcoiris. Lo que conlleva no saber si ponerte una camiseta de tirantes o un forro polar con orejeras. Un clima demasiado cambiante. Ahora tengo frio, ahora tengo calor. O frío o calor. Puntos intermedios NO.
A todo ello se une el hecho de que la primavera es la época del año en la que se producen más suicidios, por lo que le podríamos otorgar el título de estación de la depresión y de la enfermedad.
La primavera también es el tiempo de las dietas. El mundo “light” emerge en todo su esplendor. Todo el mundo está a dieta. Pocos se plantean empezar la hambruna unos meses antes porque sólo el calor da la voz de alarma de que hay zonas del cuerpo que necesitan ser volatilizadas ipso facto.
Es la época, como no, de las dichosas comuniones. Perdonarme los creyentes, pero hay cosas en la religión católica que nunca entenderé, pero eso será objeto quizá de otra entrada. En definitiva, que no hay niño que se precie entre los 8 y los 10 años que no reciba en primavera su ostia correspondiente ( en este caso sin h).
Además, no se puede hablar bien de la primavera sin resultar repipi o cursi. Yo lo he intentado y no me sale. Que si las florecitas, que si los pajaros trinan, que si el amor está en el aire, que si las mariposas...
Y me acuerdo ahora de una frase de Sabina que dice: “...aunque muera el verano y tenga prisa el invierno la primavera sabe que la espero en Madrid”. Y allí espero estar la próxima primavera. Mientras tanto, escojo mantenerme al norte de esta primavera enredándome en la burbuja con la que intento aislarme. Será que este año no toca completar la metamorfosis....será que es tiempo de aguantar con orgullo que todavía no ha llegado la fase en la que se deja de ser un capullo.






